Los libros más populares

Maltrato a Hombres

      No la conocía, pasaba muchas veces por mi puerta, me veía, pero era invisible a mis ojos, hasta que un día se acercó y me dijo:

      - ¡Hola!

      - ¡Hola! - Contesté desconcertado,

       Con meditado desparpajo, me pidió que la acompañara al Mesón del Gitano y tonto de mi, lo hice.

       Recorrimos el camino hasta la Alcazaba en silencio, no me apetecía hablar ni me atraía demasiado, pensaba en Ana, no lo ha podía olvidar. Hacía poco que se había marchado a Madrid a estudiar y me había prometido amor a su vuelta.

       Me agarró el brazo, poco a poco, me cogió de la mano y yo, sin darme cuenta de lo que tramaba, la dejé hacer.

       Sin más preámbulos me propuso un trato. No sabía cómo escapar del embrollo.

        Decidí hablar con ella:

      - Estoy enamorado de una mujer que me espera.

        Hizo oídos sordos de lo que le decía y siguió preguntado:

       - ¿A qué te dedicas?

       - Soy maestro y dentro de dos semanas me tengo que ir a un pueblo de la sierra que se llama Alcóntar, es muy pequeño y tiene una escuela unitaria con todos los cursos hasta cuarto.

       La conversación se hizo más fluida un poco más me gustaba más, estaba cayendo en sus redes y no me estaba dando cuenta.

       - Te propongo un trato, ¿Por qué no nos casamos? - soltó de sopetón y me pilló descuidado.

       - ¿Casados tú y yo, pero si no estoy enamorado?

       - No importa el amor, conforme nos vayamos conociendo, más nos iremos amando.

       - ¡Estás completamente loca?   ¿Casarme? ¡No quiero ni pensarlo!

       - ¿Y qué vas a hacer tú solo en un pueblo pequeño de mala muerte?

       - ¡La verdad es que no lo sé, no me gusta nada la soledad, es un gran problema!

       - Puedo servirte de compañía, soy muy cariñosa cuando quiero.

       - ¡Me estás creando muchas dudas, pero no quiero aceptarlo!

       - No seas cabezón te hago una apuesta.

       - ¿Una apuesta, de qué se trata?

       - Te apuesto cinco mil pesetas a qué no nos casamos en semana y media.

       - Me lo estoy pensando,

       - Eso de no ir acompañado no me gusta nada.

       - ¿Aceptas la apuesta?

       - ¡Vale el trato!

 

       Al día siguiente me acerqué a la ebanistería de mi amigo Toresano y le expliqué quién era ella y su nombre:

      - Vive un poco más arriba, en los bloques de la Plaza de Toros.

      - ¡La conozco y vaya perla!

      - ¿Qué me estás diciendo, Fernando?

      - ¡Lo que oyes... ¡Más que las gallinas! Tiene muy mala fama, está siempre ligando.

       - ¡No será para tanto!

       - ¡No seas idiota y no te cases, no es una buena mujer para tí!

       - ¡Pues a pesar de todo me caso!

       - ¡Allá tú con tu vida! ¡Si quieres ser un desgraciado, es cosa tuya!

       No le hice puñetero caso y seguí con los preparativos de la boda.

 
       A todo esto, Ana María me escribía cartas todos los días y mis padres, al saber que me casaba, las escondían, pensaban que así sentaría la cabeza.

       ¡Qué equivocados estaban!

       En una semana nos hicieron las amonestaciones, por un enchufe que tenía con un canónico del obispado con el que me llevaba muy bien. Era dueño de la imprenta dónde imprimí mi primer libro ilegal, de espaldas al Régimen. Lo imprimió, a sus espaldas, un empleado del que no quiero decir su nombre.

 

        Mi familia no me regaló prácticamente nada, a mí no me importaba y nos casamos en la iglesia de Los Ángeles.

 

       La noche anterior a la boda nos acercamos a baile del Casino. No me gusta bailar porque no tengo sentido del ritmo. Ella bailó con Branco Brunner, un empedernido nudista que conocía y vivía en la parte de arriba de la Discoteca Baroke, en la carretera de Aguadulce. Tenía una piscina nudista dónde se bañaban en pelotas, hablando vulgarmente.

      Por lo que se ve ella le gustaba mucho desnudarse.

     Observé que se pegaban demasiado, no le di mayor importancia.
     Se miraban, ahora que lo recuerdo con el paso del tiempo, de una forma muy íntima y cariñosa. Me he enterado después de que era muy mujeriego, le gustaban todas.      
      Me llegó a contar mi ex-esposa en un solapado atisbo de celos que la pareja de éste no le gustaba, creía que se estaba aprovechando de él y no lo quería.

       El nombre de Branco estaba siempre en su boca, no era normal.

       Me comportaba como un ciego, no me enteraba de lo que pasaba a mi alrededor.

 

       Ofició la ceremonia religiosa, mi primo Jesuita, José Luis García Molina. Mi hermano Miguel Ángel, acompañó el acto con sus canciones y acompañado de la guitarra. Solía cantar en las misas de los Padres Dominicos en Santo Domingo.

  En un momento del rito dije:

  - Prometo felicidad... - Prometí felicidad en vez de fidelidad. ¡Estaba gafado, no sabía el infierno que me esperaba!

       Bajamos desde la iglesia de la Colonia de Los Ángeles hasta la playa del Club Náutico, en un coche de caballos con dos garrafas de dieciséis litros de vino de Albondón.

       No seguían todos los coches de los amigos tocando el claxon, era todo un espectáculo por el Paseo de Almería. Algunos, no diré quiénes, sacaron los calzoncillos por las ventanillas.

       ¡Menudo escándalo! Llamaron la atención de todo el viandante.

       En la playa el vino corría a borbotones y casi todos se emborracharon.

  Al oír los gritos:

        - ¡Al agua los novios, al agua!

       Antes de que nos cogieran huimos al hotel en un coche.

       Nos desnudamos ella tenía un bonito cuerpo, era pequeña de estatura, pero muy bien proporcionada. Me contó qué un pintor llamado Muler, no sé si está bien escrito, le pintó muchas veces desnuda, no creo que hicieran nada, era muy viejo y se veía muy enamorado de su esposa, Vivian en la sierra, en pleno campo, procedían de Inglaterra y vinieron buscando el sol y la luz, para pintar en Almería. Recuerdo una exposición suya y, a tenor de lo que vi, muy bueno.

 

        En la noche de bodas, se tumbó, como vulgarmente se dice, panza arriba, inerte, no movía ni un pelo, parecía que estar haciendo el amor con un muerto. ¡Madre mía, qué cosa más fría! Lo hice varias veces, pero seguía inmóvil en el lecho. ¡Vaya principio de amor!

       Cada momento qué pasaba con ella, me acordaba más de Ana.

 Ante tanta frialdad le escribí este duro recuerdo' en mi blog de notas:

       “Quisiera llenar tú fría cama de carne y fundir ese gélido orgasmo regalado cómo premio al niño huérfano, sin juguete. Quisiera roer tus ansias frustradas de macho. Quisiera mamar de tus pechos veneno. ¡Morir borracho de sexo! Quisiera amor, quisiera, amor desvestido, en cueros, sin dinero, sin cadenas, sin recuerdos”.

 

       Llegamos a Alcóntar con una pequeña cama plegable, cuatro sillas y una mesa de camilla. Compramos algunos cacharros de cocina.

       La Escuela se encontraba en la mitad de una ladera de la montaña, frente al pueblo, solitaria.

       Algunas semanas buscaba mi exmujer, algún vecino para que la llevara al mercadillo de Serón, pero cuál no fue mi sorpresa, porque siempre viajaba con el mismo vecino que vivía frente a nosotros, también separado del pueblo. Lo que sucediera entre ellos, nunca lo he sabido y nunca lo sabré. Pero por las hirientes habladurías, algo habría que yo no sabía, el cornudo es el último que se entera.

 

       El secretario del pueblo le llamaban de apodo El Charlillos, y era suegro del que la llevaba al mercadillo. Nunca vi un cacique cómo ese. No Pagaba los gastos de la Escuela de luz, agua y calefacción no soltaba ni un duro. Ejercía como secretario del Ayuntamiento poseía mucho más poder que el Alcalde. Hacía y deshacía en el pueblo a su antojo.

       Estaba harto de pedirle estufas para la clase, bajábamos muchísimas veces de los cero grados. Vivíamos en plena sierra.

       Un día cabreado porque los niños se helaban de frío, los mandé a todos a las leñeras del pueblo y recogimos un enorme montón de ramas de las talas de los árboles.

       Les Pegué fuego en el patio de la escuela y los vecinos, asustados, subieron corriendo. Creían que la escuela estaba ardiendo.

       El Charlillos, me denunció a la Inspección de Educación y Ciencia de Almería, sin ninguna razón justa aparente, me cambiaron a un sitio mejor, al Pueblo de Serón.

       ¡El cacique como siempre, se salió con la suya! A mí me benefició.

 

        A mi ex-posa le dio por sacarse el carnet de conducir con una autoescuela de Albox. El director de la autoescuela y profesor, estaba casado con una chica que yo conocía desde los diecisiete años, cuando era maestro de Albox y que me atraía mucho en otro tiempo porque lucía un pelo muy largo, le llegaba a hasta las corvas de las piernas. ¡Era guapísima! Un día, años antes, bailé con ella, perdí toda la atracción cuando la oí hablar, poseía una voz de hombre vicioso que me quitó el enamoramiento cómo poner encanto, me desencanto por completo.

 

       El profesor salía con ella y llegó a estar hasta tres días fuera de casa y si le pedía explicaciones, me llamaba cabrón.

       Así una semana tras otra. No sabía lo que hacer con ella.

  Ascendía a la escuela que estaba en la parte alta del pueblo de Serón, con mis dos hijas, una con un año y la otra con dos. Tenía que subir una enorme cuesta para llegar al parvulario que estaba en el antiguo local de Falange, con una mano en el cochecito y la otra tomada en brazos.

       ¡Menos mal que estaba con niños pequeños y el Director sabía la historia! Eso me salvó.

       La segunda vez que faltó de casa estuvo tres días fuera, al volver, yo estaba en la casa de un amigo que transportaba jamones frescos desde Irún hasta Serón para curarlos. Su mujer que nos tenía mucho afecto, trabajaba de costurera.

       Al terminar la clase, me iba con ellos, para charlar. Su hijo era alumno mío y le regalé unos dibujos del pato Donald que pinté y que aún conservó de adulto colgados en su cuarto.

       Entró en la casa como si nada pasara, cogimos a las niñas y bajando la cuesta que llevaba al patio del Colegio donde estaban las casas de los maestros, le preguntaba:

       - ¿Dónde has estado tanto tiempo y con quién? - Preguntas, a las que respondía con tacos e insultos innombrables. Lo más bonito que me decía era cornudo.

       Aparté a las niñas y comencé a lanzarle grandes piedras, cuesta abajo. Corría más qué un galgo. Los vecinos si observaban el espectáculo se reían a carcajadas.

 

       No podía entrar a bar de la plaza del pueblo, lo hacía con la cabeza agachada para que no chocaran mis cuernos contra la puerta. Callaban todos cuando entraba, me daba cuenta de que estaban hablando de mí y de las cosas que adornaban mi cabeza.

 

       Una noche que llegó tarde, me acosté temprano con cuarenta de fiebre. Llegó A las doce de la noche, y llegó la hora del biberón de la pequeña. Sin decir esta boca no es mía, se acostó y no le quería dar el biberón a mi hija, a la mayor le gustaba cenar conmigo, sobre todo, patatas fritas y huevos. Insistí pero se negó rotundamente a dárselo, Enfermo como estaba y con un frío en la calle que pelaba, a casi cuatro grados bajo cero, la cogí en brazos y en pijama la saqué afuera, la subí en el Citroën Meharis descapotable y cerré la puerta de la casa.

       Corrió a denunciarme a la Guardia Civil y cómo conocían sus andanzas, no le hicieron ningún caso, hasta las ocho de la mañana no le abrí la puerta.

       Una tarde a mi hija Iunaitz, le dio una fiebre altísima el termómetro marcaba cuarenta y un grados. El médico vivía en un chalet enfrente nuestra nuestro, la llevé en brazos y antes de llegar a su casa le dio un ataque febril y se quedó con los ojos desorbitados mirando hacia arriba. Entré rápido en la casa del médico, allí estaba él, sentado en la mesa y su peligroso perro mixto lobo al lado.

       - ¡Reanímela rápido, está muy mal!

       - ¡Hazlo tú! - me contestó de mala manera y amenazando con gestos en lanzarme al perro.

       - ¡Cómo le pase algo a la niña, le hago lo mismo a usted yo!

        La cogió y le realizó ejercicios de reanimación y volvió en sí. Le di las gracias y me fui a mi casa.

        Corrían historias de cosas qué ese médico les hacía a los pacientes. Un día a una mujer de campo, explicó con lenguaje del campo:

       - Doctor tengo un ventano en el pecho.

  Le recetó cemento y ladrillos en la receta oficial.

  Otra:

       - Don Francisco, estoy resfriada tengo mucha mucosidad.

  Le recetó pañuelos para la nariz.

       No fiándome de él, ordene a mi ex-esposa que nos llevara a la niña y a mí hasta Almería.

       Se negó.

      - ¡Vete en un taxi!

       Dame un taxi y nos trasladamos al Hospital de Torre Cárdenas Almería. La ingresaron de urgencias muy grave.

       Estuve veinte y cinco días, poniéndole paños fríos en la espalda y en el pecho sujetándole la cabeza para que no se quitara el suero.

       No se le bajaba la fiebre con nada hasta que mandaron los análisis a Madrid y descubrieron que le picó un mosquito posiblemente de la alcantarilla abierta en la tapia del patio del Colegio. Ella también se quedaba con la niña, pero llegaba muy tarde por las mañanas y a media tarde, marchaba corriendo y me dejaba solo. No sabía dónde se encontraba pues no dormía en casa de sus padres. Me pregunto yo, ¿Con quién dormía?

       Me encontré en la puerta del hospital a un amigo y comento en plan de confidencia que la había visto abrazada a un hombre, por los datos qué me dio, podría ser el profesor de la autoescuela.

  A mi hija le pusieron un tratamiento ya acorde con la picadura y sanó en poco tiempo

       Durante el verano mi mujer me trajo a mi casa de Almería a mi hija pequeña que normalmente estaba con los abuelos, pero la trajo para que la viera. Desapareció sin dejar rastro y a mdia tarde tuvo una tremenda diarrea. Echaba líquido a chorros, parecía increíble en una niña tan pequeña.

       No venía a casa y no sabía dónde localizarla. Llamé a una ambulancia y la ingresamos en el hospital. Estuvo tres días y ella seguía sin aparecer. Se la llevé los abuelos. ¿Dónde estaría?

 

        Corría la voz por el pueblo de que estaba liada con un alumno de octavo curso, que, a la chita callando, lo pregonaba.

       Un empresario de Purchena a los muchos años, me dijo, sincerándose conmigo porque ya estaba separado, que se acostó durante varios meses con ella.

       Por último, se empeñó en irse a trabajar a Baza.

 

      Cocinaba a base, como yo decía, de hierbajos de todo tipo que se encontraba y se los echaba a las jodidas comidas en Los recogía en el campo y hacía unos mejunjes que daba asco tomárselos. Al llegar del Colegio no probaba su comida, me freía patatas casi todos los días. Ahorraba casi todo el sueldo y lo metía en su cuenta, yo no me enteraba.

 

       Al poco tiempo, apareció en casa con un mecánico, al que me presentó con toda la cara del mundo.

       Repitió la visita durante muchas tardes hasta que una noche mi hermano Pedro vino a dar un Mitin de su Partido a Serón y cuando pensaba se podía dormir en mi casa y vio el panorama que había de mi mujer con el mecánico,

       Una tarde, viendo que no regresaba, mandé a mi amigo el transportista a buscarla en su supuesto trabajo de Baza. Encontró el coche abandonado, ella y el mecánico desaparecieron como por encanto. Se largó con un terrible viento que hacía y con peligro de un accidente, para Almería.

 

       La mujer del mecánico me confesó que estaban los dos juntos en Ibiza, ella a punto de dar a luz, al poco tuvo un hijo, en aquellos momentos, sin padre. La muy zorra, destrozó sin reparo a dos familias.

 

        Me trasladaron desde el Colegio de Serón a otro de Almería, Los Millares, dónde estaba mi padre de Director. Mis hijas vivían con mi madre, pero ésta, que no me podía ni ver y se murió diciendo que no me quería, no aceptaba cuidadoras.

        Les dije a mis suegros que las tuvieran unos días, hasta que encontrara una mujer que las atendieran. Aquella misma noche, sin pedirme permiso, se las llevaron al pueblo de Ocaña. Fui a buscarlas a su casa de la Plaza de Toros, la vecina me anunció que no estaban. Incrédulo, tiré la puerta abajo, pensé que me estaban engañando.

 

       Marché a por ellas al pueblo de Ocaña y al subir las escaleras de la casa, apareció el abuelo con una espada árabe en las manos. Gritaba como un loco, intentaba darme un sablazo. Salí corriendo y viajé en autostop hasta Almería.

       Volvió de Ibiza. haciendo el papel de niña inocente que en su vida no ha roto un plato, representando el papel de chica inocente, diciéndole a todo el mundo que marchó allí para trabajar. ¡Pero del mecánico no decía ni palabra! A toda su carrera imparable de amoríos les da cabida en este poético relatillo:

       Entre llantos de versos y de añoranzas; entre el sexo carnal de su volátil madre perdieron la infancia; entre el dulce veneno volatizado en mi alma; entre una nube de dolor dormida en la distancia; entre engendrar dos seres que de niñas desgarra; entre mi vida, la de ellas y por renunciar a su savia, mis hijas ahora me abrazan, recubierto de canas, con renacidas esperanzas y al fin de mi azarosa vida sus bellos corazones bailan al mismo ritmo que el mío en una amorosa danza.

       Comenzó una larga batalla Judicial por la custodia de las hijas. El Juez dictó unas medidas de custodia compartida que ella nunca cumplió.

       A la pequeña la dejó con los abuelos pa que la criaran. La trataron de maravilla. Mi hija los consideraba sus padres a mí no me importaba. El abuelo, en su vejez, me pidió perdón públicamente en su casa estando enfermo, por el daño que me había hecho y yo lo perdoné de corazón porque la crio. Me he llevé bien con el abuelo y la abuela. visité en su casa de La Zubia de Granada y me trataban con cariño, como si fuera su hijo.

       Los juicios se hicieron interminables, escondía a mi hija la mayor, cuando me correspondía tenerla, en el Colegio del Amor de Dios de Granada, dónde su hermana profesaba de monja. En aquel lugar pasaba el tiempo que me correspondía estar con ella y el Juez, injustamente, ya no me la entregaba.

      Una vez que estaba mi hija en la casa de la abuela de Marisa, mi nueva esposa, tocó a la puerta, al dejarla pasar, cogió un trofeo macizo y lo quiso romper en su cabeza, pero la vecina que llegó en ese momento, le retuvo en brazo e impidió un triste final del ataque.   Por la noche, escribí para descargar mi ira este triste, corto y duro relato:

       “Se ha dormido mi hija en carcomidos legajos roídos pos las ratas de las togas. No me ha dicho adiós acariciando el aire del recuerdo y los “magos del dinero” las engalanan de flores sin pétalos de juegos. Mi niña tiembla de miedo acariciando la oruga que agujerea sus sueños. Yo renuncié a ser campo para plantarla en mi cuerpo y si en un cruce de caminos coinciden nuestros senderos: la miraré a los ojos; le limpiaré las sandalias y con mis brazos cansinos la lanzaré hacia el cielo para que volando libre pueda construir su nido sin las cadenas del tiempo.

        Y cuando mis encanecidas plumas las rodeen sus polluelos, les contaré los cuentos que siempre cuentan los viejos.

C) José Luis Molina García.