MI ABUELO, DE LOS CUENTOS QUE NO ME CONTARON


Mi abuelo

   

     Con sus largos tirantes, el chaleco desgastado, un sombrero marrón y zapatillas negras, así es como lo recuerdo.

     Me acompañaba al colegio, durante el trayecto me enseñaba a interpretar las manecillas de su viejo reloj de bolsillo. ¡Qué ilusión me hacía con su empeño de que aprendiera a reconocer el significado de las horas en aquella resplandeciente esfera!  Era muy inteligente, me contaba que, de pequeño, mientras cuidaba las ovejas en el campo, aprendió a leer y a escribir, nunca tuvo un maestro.

      Conocía todas las reglas de ortografía, no se equivocaba nunca cuando escribía con su limpia pluma.

     Le admiraba mucho y pensaba:

     - ¡Qué abuelo tan listo tengo!

      Hablaba del tiempo, sabía cuándo iba a llover o hacer viento, solo mirando el color de las nubes. ¡Eso para mí era magia pura!

      Me llevaba al parque, me enseñó a bailar el trompo, jugar con los petos. Intuía que con mis amigas no podía hacerlo, estaba prohibido, eran juegos de niños. Por las tardes, antes de ir a la escuela, hacíamos competiciones con unos aros de colores que colábamos en un cono y como siempre ganaba me daba cómo premio una peseta que gastaba en chucherías.

     Mi primer barquito de papel, lo hice gracias a él y a su gran paciencia. Era muy habilidoso y yo orgullosa de ver con qué afán y maestría me lo explicaba todo.

      Recuerdo que una mañana al despertar insistente lo llamaba, presuroso se sentaba a los pies de mi cama. Escuchaba atentamente el sueño que había tenido.

     - ¡Abuelo anoche soñé que me regalabas una bicicleta! -

     Yo le abracé, se empañaron sus ojos. Al día siguiente, mis amigas aceleradas, me decían:

     - Marisa ve corriendo a tu casa, tu abuelo tiene una sorpresa para tí. Entré en su habitación con el corazón acelerado, abrí nerviosa el gran paquete, era una preciosa bicicleta. Mi sueño se había realizado.

     - ¡Gracias abuelo por tan maravilloso regalo!

     Contaba en las noches de verano que unos grillos zapateros ocultos entre las macetas del patio, se encargaban de arreglar los zapatos rotos. Me lo creí, decidida reuní todas las sandalias estropeadas, las llevé junto a las plantas. Ilusionada pensé que las arreglarían. Hasta que cansada de tanto esperar le dije a mi abuelo:

     -¿Por qué me has engañado? los grillos no han arreglado mis sandalias. Enfadada, observé cómo se reía, era la primera vez que mi abuelo mentía. ¿Cómo pudo inventarse esa historia? ¡que inocencia la mía!

     En la escuela, mis amigas me contaron que si le sacaba punta a todos mis lápices de colores, de sus virutas nacerían bellas mariposas. Obediente, utilicé el sacapuntas hasta dejarlos muy pequeños, las esparcí en un papel y las coloqué en el suelo del patio. Paciente esperé ilusionada a que nacieran los multicolores insectos. A la salida del colegio corría disparada hacia el patio de mi casa, viendo con tristeza

que no nacía nada.

     ¡Cuánta inocencia albergaba mi pequeña alma de niña!

      Cada vez que me acercaba a la puerta del dormitorio, sentía unas manos invisibles sujetando mi espalda para que no entrara.

      Quería explicarle a mi abuelo lo que pasaba, pero temía que no me creyera y se burlara.

     Pasaron los años, dormía en una enorme cama abrazada a la muñeca de trapo, rodeada de todos los cuentos que tenía.

      De madrugada desperté sobresaltada por un tremendo ruido, seguía en la cama y alrededor de mis pies cayeron grandes piedras y montones de arena sobre mi cabeza, se había desplomado medio techo. 
     Mis abuelos, asustados me colmaron de abrazos y besos.
 
     Lloraban y a sus gritos de socorro acudieron los vecinos. Todos comentaron que era milagroso el que yo siguiera con vida.

     Reflexión: Los milagros existen, aunque no lo creamos.
    Gracias a mis abuelos, fueron mis segundos padres, alegraron mi infancia y dónde quieran que estén siguen vivos en mi alma.
                                                          C) Marisa Ávila

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